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Clase 2 Bloque 1, El pecado en nosotros

El perdón de pecados antes de Cristo

La justicia de Dios y su misericordia

Dios es Santo, perfecto y justo. Por causa de su justicia, Él debe condenar el pecado. De la misma forma en que en la tierra hay leyes que nos ordenan vivir de cierta manera para estar en orden con los demás, y en caso de que alguien rompa estas leyes se espera que se haga justicia, así también Dios.

Probablemente puedan pensar que es injusto que, sabiendo que nuestra condición humana nos impide hacer lo bueno, como vimos en Romanos 7 en la clase anterior, Dios nos juzgue por lo que somos: pecadores. Sin embargo, Dios, en su amor y misericordia, sabiendo que no hay nada que pueda llenar su estándar de justicia, nos dio la solución: su Hijo, el Cordero inmolado sin mancha.

Solo Cristo pudo ser el sacrificio perfecto y único que necesitó Dios para satisfacer su justicia. El sacrificio de Cristo pagó por completo el precio de nuestros pecados. Ya no es necesario que sea derramada sangre de cabritos como en la ley: Cristo basta.

“En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.”
Hebreos 10:10–14

Esta es la justicia de Dios: si por el pecado de Adán entró el pecado en todos, también por el sacrificio de Cristo entró el perdón y la justificación para todo el que cree en Él. Cristo es nuestra justicia, y es la prueba de amor de Dios para con nosotros. Dios sabe que nada que nosotros hagamos podrá justificarnos delante de Él; por eso, en Cristo somos justificados y reconciliados con Dios.

En Cristo nos presentamos confiadamente delante de Dios, sabiendo que por sus méritos somos aceptados por Él y somos adoptados como hijos, siendo coherederos juntamente con Cristo.

“En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado.”
Efesios 1:5–6

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